Esta herramienta nunca tira los dados. Su preajuste sin selección mantiene p = 0,500 exactamente durante las cincuenta generaciones, y al ejecutarlo otra vez dibuja la misma curva, porque no hay azar en ninguna parte del modelo. Ninguna población real puede comportarse así. En una población de tamaño finito, solo el azar decide qué individuos llegan a reproducirse, y ese error de muestreo —la deriva genética— desplaza p en cada generación hasta que finalmente se pierde uno de los alelos, sin que intervenga ninguna selección. La deriva muerde con más fuerza cuanto menor es la población, y por eso los programas de conservación se preocupan por el número de ejemplares incluso donde nada selecciona en su contra. De los supuestos que el estudiantado pasa por alto, el de tamaño poblacional infinito es el que más trabajo hace aquí.