Las seis curvas integradas tienen tangente en todos sus puntos, pero una función continua no tiene por qué tenerla en ninguno. En 1872, Karl Weierstrass ideó una función continua en toda la recta que no posee pendiente en ningún sitio: está erizada a cualquier escala, de modo que ninguna cuerda llega a asentarse. Aquello sorprendió a la comunidad matemática, que daba por hecho —como Ampère intentó demostrar en 1806— que una curva continua admite tangente salvo en puntos aislados. Más tarde, esa aspereza apareció en la propia naturaleza: la trayectoria de una partícula en movimiento browniano carece de tangente en todo instante, y el perfil de una costa se comporta de modo muy similar a lo largo de escalas muy diversas.